Café y tostada con aceite. El decano de la prensa sevillana en la mesa. El escritor llama a este costalero que para eso fue capataz de cruz de mayo. A Antonio Puente Mayor (1978), como a Silvio, todas le parecen muy bonitas. Las cofradías, claro. Y las ve a todas en la calle. Por eso se erige como defensor de las vísperas. «Hay que tenerle el mismo respeto a La Milagrosa que a mi Hermandad del Cachorro». También es de barrio, de Lunes Santo. De San Gonzalo. De la calle Castilla al cielo hay un paso, por eso es más de Jueves Santo que de Madrugá. Ahora nos presenta su tercera obra de literatura infantil. «La pandilla morada» (Toromítico) repasa las aventuras de cinco amigos en el contexto de la Semana Santa y esto le ayuda a recordar sus primeras cofradías junto a los amigos del instituto. Devoto acérrimo de la mañana del Domingo de Ramos, escuchaba retransmisiones cofradieras de radio desde la niñez. Ahora es él quien nos trae retales de la fiesta a través de las ondas de COPE. Conoció la cara más amarga de las cofradías en un proceso electoral pero se considera optimista: hay mucho bueno en las hermandades.

Cuéntame cómo comienzas la literatura para niños.

La primera idea fue cuando publico «Nazarenos de Caramelos» (Estampa Múltiple), en 2011. Iba de nazareno en el Cachorro, sobre el año 2006 o 2007. De nazareno da tiempo a pensar mucho. Pensé cómo no había ningún libro de Semana Santa para niños. Investigué un poco y encontré que no había nada. Cuando digo nada, es nada.

¿Por qué tardó tanto en llegar aquel primer libro?

Me quedé en paro en el año 2010 y aunque la idea era anterior no la pude desarrollar antes. Buscaba algo que me ilusionara y me puse a escribir. Después de hablar con diferentes editoriales, me recomendaron la autoedición. No tenía ni idea de cómo se hacía. He aprendido mucho en todos estos años, desde la maquetación a la distribución o la facturación. Yo era autor y era distribuidor. Tenía que convencer a los libreros para poder vender mis libros.

¿Es rentable el negocio de los libros?

En absoluto. Ni el de la literatura cofradiera. La gran parte del beneficio se la lleva el intermediario, como en la agricultura.

Te siento enfadado con eso.

Pues sí. Igual que la industria del cine español, a la que admiro, respeto y apoyo, recibe subvenciones, ¿por qué la industria del libro no recibe subvenciones? Me refiero a un 1% de lo que recibe una película. Una tirada a nivel local puede costar 2.000 o 3.000 euros. El mundo del libro es muy barato.

«La pandilla morada» (Toromítico) es tu tercer libro de literatura infantil.

 Ahí cuento la historia de la Semana Santa, comenzando por la Hermandad de la Macarena, pero desde un ángulo distinto. No quería algo academicista, no quería una guía de Semana Santa ni un programa de mano. Quería enganchar al lector.

¿Les interesa a los niños la Semana Santa?

Muchísimo. Tiene una explosión de colores, de texturas, de sabores. Todo entra por los sentidos. También hay una relación directa con la familia: el padre, desde el principio, está sensibilizado para transmitir las vivencias de las generaciones anteriores. Es un mundo que el niño va captando desde que tiene uso de razón. Es muy parecido a la Navidad o el Rocío. Creo que es una de las pocas cosas en Sevilla que, independientemente del credo o de la política, es algo que va de padres a hijos.

Cuando uno hace literatura infantil, tiene la oportunidad de escribir cosas bonitas, indistintamente que sean buenas o malas, pero al menos bonitas. ¿Cuáles son las cosas más bonitas de la Semana Santa con ojos de niño?

La explosión de sentidos, el ritmo, la música, el olor. Es difícil que en otra expresión se reciban tantas estimulaciones por los sentidos. La Semana Santa entra por la boca, con los dulces, con las torrijas; entra por el olfato, con el incienso; la música es un elemento fundamental. A veces me pregunto por qué la vida no tiene banda sonora en esos momentos en que nos encontramos tristes. También creo que el juego también es muy bonito, imbuirse en la Semana Santa como un juego, con los caramelos, las estampitas. Todos los elementos profanos –el merchandising- que forman parte de la celebración.

Cuando uno se hace mayor, ¿puede seguir viendo la Semana Santa con ojos de niño?

Lo intento. Lo consigo en pequeños detalles. Me quedo, simplemente, con el niño en brazos del padre descubriendo el paso de la Borriquita, el globo que se escapa, la bola de cera. Esos pequeños detalles que me retrotraen a la infancia. Cuando eres padre, repites con tus hijos esos códigos que te enseñaba tu padre a ti mismo de niño.

Cambian las generaciones, también. ¿Los niños de ahora se divierten igual que los niños de antes en la Semana Santa?

Los niños ya no juegan en la calle. Ha evolucionado la sociedad. Tuve la suerte de poder disfrutar de la Semana Santa tocando, palpando, haciendo las cruces de mayo. Antes se hacían los «pasitos» en la calle.

Toda esta perspectiva me resulta muy inocente, tan cándida. De mayor, uno ve la Semana Santa con otros ojos.

Hemos perdido la inocencia en el mundo de las cofradías. Todo lo que rodea a las cofradías es muy complejo pero necesario. Desde fuera, la Semana Santa está idealizada; cuando uno conoce los procesos internos, se pierde la inocencia.

Esto evoca a la dualidad hermandad-cofradía. Cuando uno conoce las cofradías, todo es bonito, todo es magia. ¿Qué ocurre cuando conoces las hermandades?

Es como, si en el teatro, traspasas la cuarta pared del escenario al patio de butacas. Yo veía la Semana Santa como espectador. En el momento que pasas la tramoya, ves que los efectos son mentira, ves los trucos del prestidigitador y pierdes la magia. Pierdes la ilusión.

¿Cuántos sevillanos conocen la tramoya de la Semana Santa?

Los que están en junta de gobierno y sus satélites. Y poco más. No más de un 10% de sevillanos conoce lo que hay al otro lado del escenario.

¿Y cuál es la parte fea de la Semana Santa?

La politización de la Semana Santa, en todos los sentidos. Está politizada como está politizado todo. Las ansias del cargo. Hay juntas de gobierno con gente maravillosa, acogedora, pero existe en Sevilla un mal endémico que es el mal del cargo.

¿Qué recomendación le darías a tu «pandilla morada» para cuando salga a la calle?

Que respetaran. Salir a la calle con mucho respeto. El silencio, la limpieza de la calle. Sevilla es una ciudad tranquila pero noto menos respeto en la calle. Eran normas no escritas que todos conocían y se pierden poco a poco.

 ¿Eres pesimista con la Semana Santa? ¿Estamos tocando fondo?

A la Semana Santa le pasará como al boom inmobiliario. Es una burbuja que por algún extremo terminará saturando. No me refiero solo al mercantilismo de la Semana Santa –sabemos que es unos de los motores económicos de Andalucía- sino a explotar desde el punto de vista de lo superficial.

¿No somos los mercaderes en el templo?

Los orígenes de la Semana Santa, en la Contrarreforma, buscaba eso: sacar los templos a la calle, hacer partícipe al pueblo. Los gremios participaban de eso.

¿Quién tiene el látigo para echarnos del templo?

(Risas). Sin lugar a dudas, la Santa Iglesia. Es una paradoja, viven en una dicotomía continua. Esto se soluciona con formación en el seno de las hermandades.

¿Pero la Semana Santa es un hecho religioso o profano?

Para mí, para los creyentes, es un hecho religioso. Para la gran masa es un hecho profano. Mi balance es positivo: el papa Francisco aconseja cuidar a las hermandades. Hay que quedarse siempre con el lado positivo de las hermandades.

¿Habrá más sagas de «La pandilla morada»?

Sin lugar a dudas, esa es la idea. Los resultados son muy positivos. Las cifras de venta son estupendas. El lector lo ha recibido con muchísimo cariño. La idea es repasar las grandes devociones de la ciudad.