Como si de un texto de los Evangelios Apócrifos se tratara, traemos a las líneas de este artículo una leyenda tan poco difundida como sorprendente en torno a todo aquello que se desconoce sobre los informes que siguieron a la muerte en la cruz de Jesús. Y es que pocos son los cofrades que conocen la historia del decurión onubense Clodio Fabato, quien según la tradición, fue testigo directo de los episodios de la Pasión, dando ulterior testimonio de lo que habían visto sus ojos.

Cuenta la tradición como el decurión Claudio Fabato, con diez soldados bajo su mando, presenció en primera persona la muerte de Cristo y acabó viviendo en la provincia de Huelva, para mayor concreción en la actual localidad de Niebla, importante capital histórico-cultural de esta zona peninsular a quien los romanos dieron el nombre de Ilípula, gozando durante ese periodo de enorme preponderancia económica, política y administrativa. Allí, en su iglesia parroquial, levantada en honor de Santa María del Granado, se erige una lápida funeraria en recuerdo de nuestro personaje. Dicho cipo, tan propio de la arquitectura funeraria romana, está datado en el siglo II d. C y perteneció, primitivamente, a un templo dedicado a la diosa Minerva, sobre el que más adelante se edificaría un templo visigodo y con posterioridad a la reconquista cristiana, la mencionada parroquia de Santa María del Granado.

Históricamente, quedan constatadas, al menos por separado, tanto la existencia de Clodio Fabato, como la existencia en Ilípula (Niebla) de un gobierno dirigido por un decurión, sin que ambas historias puedan entrelazarse más que por meras hipótesis. Lo que hemos de tener claro es que sea de la forma que sea, Clodio Fabato tuvo que ser un personaje de enorme relevancia en Niebla, pues de no ser así, de ninguna manera se le erigiría una lápida funeraria que celosamente la localidad ha conservado hasta la actualidad durante diecinueve siglos.

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Fotografía: Luis Manuel Jiménez

Sabemos, ya en el siglo XX, que en el año 1934 el párroco de la localidad de Niebla publica un libro donde reproduce un antiguo pergamino de época romana que recoge una carta que un decurión romano envió desde Jerusalén a Ilípula (Niebla). En ella relata a su esposa, Julia Marcela, también de Niebla, los episodios de los fue testigo antes, durante y después de la Pasión de Cristo. La misiva en cuestión expone lo siguiente:

A Julia Marcela, en Ilípula: salud:

Carísima: te escribo desde Judea como decurión de las legiones del pretor Poncio Pilatos, para narrarte uno de los sucesos más singulares, que he visto en la vida de las milicias. He sido testigo con mi decuria, la de Léntulo y otras, del suplicio en la ciudad de Jerusalem de un tal Jossua, galileo, enviado de Dios, que se titulaba rey de Judea, y que, según la gente, daba vista a los ciegos, hacía andar a los paralíticos y tullidos, curaba a los enfermos sin medicinas ni hierbas, arrojaba a los malos espíritus del cuerpo de los posesos, y resucitaba a los muertos; siendo aborrecido por todo estos de los escribas y sacerdotes. Condenado al fin como sedicioso por el Sanedrín de la ciudad, con su presidente el pontífice Caifás, y además por el prefecto Pilatos, en nombre del César, a la muerte de cruz, fue ajusticiado en la cumbre del Gólgota entre los dos ladrones Dimas y Gestas. Los lictores y soldados le crucificaron desnudo como de costumbre y le fijaron con cuatro clavos; colocándole en la cabeza corona de zarzas, por ser rey falso; y sobre la cruz, una tabla con un letrero en griego, hebreo y latín que decía: Jossua de Nazaret, rey de los judíos. La túnica del profeta cayó en suerte, al soldado Pontino de la decuria de Máximo, que después vendió al sacerdote Helkias, que presenciaba, en nombre del Sanedrín, la ejecución de la sentencia. Jossua era de cuerpo mediano, de color moreno y sonrosado y semblante sereno y humilde. Su carácter bondadoso estaba realzado por poblada y sedosa barba, que caía dividida sobre el pecho, ojos de cielo y grande cabellera que, formando rizadas trenaas o guedejas, descansaba sobre sus hombros. En los momentos de su muerte, la borrasca, que se cernía próxima, se desencadenó en furiosa tempestad sobre toda Judea. Sobrevino la noche inesperadamente por un eclipse de sol, y la tierra temblaba bajo nuestros pies. Los curiosos huyeron amedrentados a sus casas, y sólo nos quedamos para custodiar a los reos, ya muertos, por la lanzada de gracia de Longinos, los soldados de dos decurias, a las órdenes de Léntulo y mías. Y no muy lejos de nosotros estaban la madre de Jossua y algunos de sus parientes. Descolgado Jossua de la cruz, al día siguiente de Venus, en la Pascua judaica, por algunos ancianos jueces de Sanedrín, amigos suyos, custodiamos su cuerpo en un sepulcro cavado en la piedra; pero al siguiente día, de madrugada, entre poderosas luces, como de rayos de tempestad, que nos aterraron a todos, desapareció de la tumba. Verdaderamente, éste rey de los judíos, según la opinión de muchos, era el Dios del empíreo o hijo suyo o gran profeta entre la nación de los hebreos. Tal impresión ha causado en mí este suceso que, desde entonces, quiero dejar de pertenecer a las legiones del César, y pronto, los dioses lo permitan, seré en tu compañía. El cuatrirreme, Cayo, que va a esa con las naves por metales, te dará ésta epístola. Salud y gracia. Clodio Fabato. Decurión”.

Historia, leyenda, tradición, mito, ¿acaso realidad?… lo cierto es que jamás alcanzaremos a conocer la verdad. Tan solo sabemos que el pergamino romano original fue traducido del latín al castellano entre finales del XVIII y principios del siglo XIX, por los notarios Jerónimo de la Fuente y Alonso de Avendaño, que dieron fe de la veracidad del mismo, y que igualmente, hoy día se haya en paradero desconocido, desapareciendo en el siglo XIX, tras ser regalado por el párroco de la localidad al conocido político Emilio Castelar.

De una u otra forma, la historia del decurión onubense Clodio Fabato debe de servirnos para profundizar en todos aquellos informes que siguieron a la crucifixión de Cristo y que fruto de la leyenda o ajustados a la realidad, guardan entre sí un fin absolutamente común, que no es otro que dar fe de la veracidad de lo que ocurrió y testimonio de la persona de Jesús como verdadero Hijo de Dios.

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Pablo Borrrallo